Reportaje en las nalgas del cristo

Sotillo de la Ribera ya era un pueblo burgalés con muchas fortalezas, que diría un marquetiniano. Hacen buen vino, como en muchos otros pueblos de la zona -no en el mío, Torresandino, que está cerca; con una visión de futuro manifiestamente mejorable, mis paisanos decidieron en los años setenta no sumarse a la Denominación de Origen Ribera del Duero, arrancar las viñas y apostar por aún más cereal-, pero los sotillanos se habían singularizado hace ya tiempo agregando a su oferta otras excelencias gastronómicas: también hacen buen queso y buenas morcillas. Ahora, enhorabuena, han añadido más atributos positivos y atractivos turísticos a la Marca Sotillo gracias a un cura de hace dos siglos y medio.

“Encuentran una ‘cápsula del tiempo’ en las nalgas de una talla del siglo XVIII”, titulaba Efe un teletipo de hace unos días que han recogido multitud de medios de comunicación. Era para ello. A Joaquín Mínguez, capellán de la catedral de El Burgo de Osma a finales del siglo XVIII, se le ocurrió meter oculto en las nalgas de un cristo de madera que esculpía Manuel Bal, “académico natural de San Bernardo de Yagüe y vecino en Campillo, ambos de este Obispado de Osma”, para la iglesia de Santa Águeda, de Sotillo, unos documentos manuscritos con información económica, religiosa, política y cultural de la comarca en aquella época. Los documentos, manuscritos y firmados en 1777 por Mínguez, acaban de llegar estos días, tras un océano de 240 años, a las manos de los restauradores de la talla y los han dado a conocer.

No descubre Mínguez mucha novedad, pero cuenta de la comarca como un reportero detallista. Tendríamos que considerar los periodistas si le nombramos protopatrón del oficio. Nos revela el nombre del autor de la talla, el tal Bal. Nos dice que los cultivos más frecuentes en el obispado eran “trigo, centeno, cebada, avena”, casi como hoy. Agrega que “en tierra Aranda”, en lo del vino “es muy numerosa su cosecha muchos años, tanto que en este tiempo se ha visto, por no coger en las bodegas, derramar mucho vino”. ¡Quién lo pillara este año, que por los hielos de finales de abril escasea!

Dice también el capellán Mínguez -como diría medio siglo después el Diccionario de Pascual Madoz- que las enfermedades más comunes en la comarca eran “tercianas y cuartanas”, que eran fiebres de paludismo de tres y cuatro días, y “dolor de costado, tabardillos”, que eran fiebres tifoideas. Antes del cierre de la edición de su reportaje hacia el futuro y de la talla/cápsula del tiempo de Bal, el prolijo reportero añade en su texto que está vigente la Inquisición, “por lo cual no se experimentan errores contra la iglesia de Dios”. ¡Estás a todo y a lo propio, capellán!

Emociona todo. Emociona saber que los entretenimientos preferidos eran “naipes, pelota, calva, barra y otros juegos pueriles”, casi como hoy el primero y algo el segundo. Y me ha emocionado a mí personalmente esta otra frase: “Se contratan en funciones grandes toreros famosos de Salamanca”. Funciones, o mejor “función”, en singular, es aún hoy en esa zona de Castilla sinónimo de la fiesta mayor del pueblo. Vino con denominación de origen no tendremos en Torresandino, pero aún se le llama a veces “la función” a la fiesta del Carmen o de san Martín. “Esa camisa la estrenas en la función”, me decía mi madre cuando de crío me llevaba de compras a Aranda. “¡A ver qué músicos nos trae este año el alcalde para la función!”, se puede escuchar todavía hoy.

Me he ido al DRAE, y, albricias, veo que lo recoge. Sexta acepción de la palabra “función”: “Fiesta mayor de un pueblo o festejo particular de ella”.

 

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Mejor Viernes Morado que Viernes Negro

“¿Black Friday? ¿Así, en inglés? ¿Nos traemos el fenómeno comercial y de consumo y ni siquiera traducimos el nombre?”. La polémica incendia las redes, como diría en los titulares y en la entradilla algún colega.

El Black Friday -como nombre y como fiesta del consumo- tiene un origen curioso y probablemente poco conocido. Desde hace siglos, en lo que hoy se llama Estados Unidos se celebra el cuarto jueves de noviembre el Thanksgiving Day, el Día de Acción de Gracias, una celebración de la cosecha agrícola del año. La primera acreditada de la tradición anglosajona fue en el año 1623 en Plymouth, en el actual Estado de Massachusetts, si bien antes, a finales del siglo XVI, ya hay pruebas de celebraciones similares de los exploradores españoles más al sur, en Virginia. Ambas, como se ve por las fechas, cuando aquellos territorios eran aún colonias de metrópolis europeas.

Salto en el tiempo. Segunda mitad del siglo XX. Muchas empresas dan día libre el viernes siguiente al Thanksgiving Day, lo que el comercio aprovecha para lanzar promociones y descuentos y las familias para hacer sus primeras compras navideñas. La calle se llena de automóviles y viandantes, a la caza de gangas.

Filadelfia, 1961. El tráfico de gente y vehículos es tan denso en el centro de la ciudad que la policía local comienza a llamar a la fecha el Black Friday. Viernes Negro, sí, pero negro de aglomeraciones, de congestión urbana, de colapso. En pocos años, el término se extiende a muchos otros Estados, y el fenómeno del consumo masivo se generaliza tanto que se le da otra explicación al black del nombre: las ventas eran tantas que las cuentas de los comercios pasaban en esa fecha de los números rojos de las pérdidas a los negros de los beneficios.

Importada ya hace años y asentada en España la fiesta del consumo, de las promociones y los descuentos comerciales del viernes ulterior al Día de Acción de Gracias, no les faltan razones a quienes dicen que habría que traducir el nombre, pero con adaptación a nuestra lengua. Estar negro, pasarlas negras, dinero negro, negra conciencia… El adjetivo está cargado en español de reminiscencias peyorativas, desfavorables. Como el Black Friday original de los policías de Filadelfia. Mejor que Viernes Negro, que suena a tragedia ferroviaria o a desplome de la Bolsa, Viernes Barato, o Viernes de Rebajas, o Viernes Promocional. O Viernes Morado, que en el Diccionario de la Real Academia “ponerse morado” es “hartarse de comida”, como este viernes los comerciantes de dinero y los consumidores de género.

Pablo Llarena, un magistrado burgalés-catalán para el ‘procés’

En ámbitos judiciales, crece la impresión de que el Tribunal Supremo va a asumir la investigación completa del procés catalán. Ahora el Supremo solo tiene la causa que ha abierto a Carme Forcadell y a otros miembros de la Mesa del Parlament, y que le ha tocado por reparto a Pablo Llarena, uno de los magistrados de la Sala Segunda del TS, pero puede reclamar en breve la abierta en la Audiencia Nacional por Carmen Lamela al entonces Govern, los Jordis y el exmajor Trapero y la que anteriormente se abrió en el TSJ de Cataluña.

Llarena es un juez conservador -fue presidente de 2013 a finales de 2015 de la Asociación Profesional de la Magistratura-, pero según cuentan quienes le conocen nada talibán. Nació en Burgos, en 1963, pero es casi tan catalán como castellano, pues ha vivido en Cataluña 24 años consecutivos, de 1992 a 2016: primero como juez de instrucción de Barcelona y después como magistrado de su Audiencia Provincial y presidente de esta durante cinco, hasta el año pasado. Y ha observado de cerca y desde hace tiempo todo el procés y parece que con algunas ideas bastante claras al respecto: en octubre de 2012, en declaraciones a El Mundo, decía alto y claro: “La cuestión concreta de la identidad catalana y de la integridad del Estado español no tiene una respuesta judicial sino política”.

Mañana jueves es una fecha clave. Llarena tomará declaración a Forcadell y al resto de sus encausados, a los que ya había citado para la semana pasada, pero a los que -contrariamente a lo que hizo Lamela con los suyos- les dio un plazo mayor para que prepararan su defensa. ¿Será también mañana el magistrado del Supremo más cuidadoso y les pondrá a sus encausados unas medidas cautelares menos duras que la prisión incondicional que la magistrada de la Audiencia Nacional impuso a los suyos? ¿Reclamará Llarena poco después para el Supremo la unificación de las distintas causas en una sola?

En casi ningún asunto -y especialmente en lo que tiene que ver con el procés catalán, tan cambiante- conviene adelantar acontecimientos, pero por ahí se abriría una vía para que el 21 de diciembre, día de las elecciones catalanas, sea de absoluta normalidad y no haya ningún candidato ni líder independentista en prisión. En el problema catalán, hay que depurar las responsabilidades judiciales en que se haya incurrido, claro que sí, pero ese no es el asunto de fondo que afrontamos. Es un problema político que hay que resolver -o al menos conllevar, como diría Ortega- desde la política.

 

 

La primavera del empleo de Fátima Báñez era esto

Mientras todos miramos -con razón- al problema catalán, que cada día por la mañana mejora y por la tarde empeora, o viceversa, noticia caliente, de hace un par de horas: 56.844 parados registrados más en el mes de octubre, 1,7 millones de parados sin ninguna prestación pública, solo el 9,97% de los contratos firmados en el mes son indefinidos, sólo el 5,4% de los contratos firmados en octubre son indefinidos y de jornada completa… Y todo ello, según datos oficiales divulgados por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social.

Hace nada, hace apenas dos meses, pocos días después de que se divulgara que uno de cada 4 contratos firmados en julio duró menos de una semana y que el 12,5% de los contratos que se firman en España son de camarero, la ministra del ramo, Fátima Báñez, proclamaba a los cuatro vientos: “El empleo que llega con la recuperación es de mayor calidad del que se fue con la crisis”. Y añadía, pese a que ya estábamos en vísperas del otoño climático y laboral: “España vive una primavera del empleo”.

Esta misma mañana, Báñez se olvida de esos datos suyos del primer párrafo y se agarra a los de afiliación a la Seguridad Social, que sube en 137.152 cotizantes por los nuevos contratos -temporales- a profesores, para insistir en su aleluya y su autobombo.

Pues nada: ¡felicitaciones, ministra!

Ocho exconsellers en prisión a 49 días de las elecciones catalanas

“El auto de la juez -me dice un muy experimentado abogado penalista y atento observador político- le vale unos 300.000 votos al independentismo. Y cada semana que pase con estos en prisión, un 25% de votos más”.

Las por ahora ocho prisiones sin fianza para exmiembros del Govern van a tener, en efecto, un gran impacto en la opinión pública catalana, a solo siete semanas -49 días- de las elecciones autonómicas. Ni al Gobierno ni a los partidos constitucionalistas les conviene que el 21 de diciembre sigan en prisión.

Las prisiones preventivas se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo terminan. Las dictadas hoy por la juez Carmen Lamela para el exvicepresident catalán Oriol Junqueras y siete exconsellers son recurribles -en reforma en el plazo de tres días y en apelación en el de cinco días- ante su propio Juzgado Central número 3 de la Audiencia Nacional. Es altamente improbable que en ese corto plazo la magistrada cambie de opinión, y menos aún cuando el expresident Carles Puigdemont y otros cuatro exconsellers llamados a declarar por los mismos presuntos delitos de rebelión, sedición y malversación no han comparecido ante la magistrada.

¿Y más adelante? ¿Podrían propiciarse las excarcelaciones para rebajar ese impacto electoral el 21-D? El fiscal, a sugerencia del Gobierno, podría pedir en unas semanas que se sustituyera la prisión incondicional por otras medidas cautelares menos duras, a las que nadie se opondría y la juez concedería. Nadie… si para entonces no se ha personado como acusación popular en la causa alguna de las asociaciones de extrema derecha especializadas en ello, que hay varias. Atentos a los próximos días.

El ‘procés’ está muerto, pero el independentismo más vivo que nunca

El procés está muerto. Los soberanistas le metieron un estrés política y jurídicamente insoportable, al empujarlo fuera de la ley a partir del 6 de septiembre, y Mariano Rajoy le dio la puntilla en la tarde noche del viernes pasado al aplicar el artículo 155 de la Constitución y convocar elecciones autonómicas catalanas para ya mismo, para el primer día que podía hacerlo: el 21 de diciembre. El independentismo, que pocas horas antes celebraba -sin creérselo mucho- la presunta llegada de la República catalana, quedó estupefacto y descolocado.

El procés está muerto y bien muerto en su vertiente política, y ahora solo le queda apurar las últimas escenas de su vertiente de representación, de farsa -la de Bélgica es difícilmente superable, pero Carles Puigdemont aún es capaz de superarse a sí mismo en esperpéntico-, y afrontar su vertiente judicial, que previsiblemente será larga y dejará muchos más políticos fuera de juego que la broma -comparada con el 1-0- del 9-N.

El procés está muerto, pero el problema catalán -ese del que el 13 de mayo de 1932, en las Cortes Generales de la República, Ortega y Gasset decía que es irresoluble, y que tanto Cataluña como el resto de España teníamos que acostumbrarnos a conllevarlo mutuamente- no sólo no se ha resuelto sino que incluso se ha agravado, y mucho. Cuando Rajoy llegó a la Moncloa, a finales de 2011, los catalanes independentistas no llegaban al 20% del total. Hoy, tras casi seis años de indolencia del presidente del Gobierno pese al hiperactivismo de los soberanistas, los catalanes partidarios de que Cataluña se convierta en un Estado independiente se acercan mucho al 50%: son el 48,7% , según el estudio del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) hecho público ayer, martes 31 de octubre de 2017. Nunca antes habían alcanzado esa cota. El independentismo está más vivo que nunca, y si el 21-D se confirman en las urnas esos datos del CEO el procés resucitará en forma de otro procés.

Quienes celebran con tanto alborozo el resultado final del choque de trenes, con el de Rajoy solo algo abollado por algunos de sus propios errores y el de Puigdemont reventado y fuera de la vía, sus vagones dispersos y sus maquinistas camino de la inhabilitación si no de la prisión, deberían abrir el foco de la mirada y hacer un 360 grados sobre todo el panorama que el choque deja, hasta los límites del horizonte: la sociedad catalana está gravemente fracturada, la convivencia bastante perjudicada, la economía muy dañada y la reputación de sus instituciones por los suelos, y todo ello repercute -para mal, no para bien- en el conjunto de España, cuya imagen conjunta en el exterior queda tan dañada que se diría que nos estamos creando a nosotros mismos una nueva ‘leyenda negra’.

Les víctimas del choque de trenes no son solo los de una parte del conflicto. Las víctimas somos todos, absolutamente todos nosotros.

El problema de la luz, como el de Cataluña pero en peor

Estas últimas semanas, se han recordado mucho las palabras de José Ortega y Gasset ante las Cortes Generales de la II República, el 13 de mayo de 1932: “Yo sostengo que el problema catalán (…) es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar”. Hay otro problema que, por lo que vemos, no hay ministro de Industria que pueda resolver ni oligopolio eléctrico que se deje: el del precio de la luz.

En enero pasado se disparó de repente el precio -dijeron que por una ola de frío, como si el frío fuera una rareza en enero- y se desató una cierta polémica entre la opinión pública a la que los medios de comunicación prestaron mucha atención. Ahora se acaba de disparar de nuevo el precio y apenas se han ocupado los medios ni de denunciarlo -lo más inteligente y cañero que he leído, este artículo de Sergio de Otto– ni de pedir explicaciones o soluciones al ministro del ramo, Álvaro Nadal, con el que se cumple una vez más aquel viejo axioma de que todo Ministro de Energía del Gobierno de España hace bueno al anterior, lo que en este caso tiene gran mérito, pues el anterior fue el inefable José Manuel Soria.

El problema catalán lo conllevamos como podemos, con errores y con aciertos y siempre con mucho debate público.

El gravísimo problema de la luz y del suicida modelo energético que tenemos lo conllevamos casi en silencio, sin apenas acción ni información ni debate, con corderil resignación.